Escuchar es un arte que conecta el alma de las personas en un profundo bucle de conexión.
Confundimos la capacidad de oír con la de escuchar

¿Te ha ocurrido alguna vez que alguien te está hablando y después de un rato te das cuenta de que no tienes ni idea de qué te ha estado diciendo? ¿O que intentas seguir una conversación pero tu mente vuela a otro lugar? Todos los seres humanos creemos saber escuchar. La realidad es otra, sin embargo, porque confundimos la capacidad de oír con la de escuchar. ¿Cuál es la diferencia? Oír es a escuchar como ver es a mirar, comer a degustar o percibir a sentir. Cuando oímos, simplemente estamos recibiendo sonidos. Al escuchar, también comprendemos y desciframos información no sonora como la visual o la emocional. Por eso, cuando no sabemos escuchar y nos limitamos a oír, ignoramos casi la totalidad del mensaje.

Las palabras sin contexto resultan en ocasiones muy ambiguas y difíciles de interpretar

Los expertos explican que en la comunicación oral nuestros mensajes están formados por el contenido verbal y el no verbal. El primero hace referencia a las palabras y textos que compartimos y el último es el transmitido a través de sonidos, gestos, entonación, movimientos, pausas, silencios, miradas, y el abanico completo de datos que sí brindan otro tipo de información. Es por ello que los mensajes formados por palabras sin contexto resultan en ocasiones muy ambiguos y difíciles de interpretar. Imaginemos una frase como nada como un pez para lograrlo. Sin más contexto, podría significar dos cosas completamente diferentes, una, que no hay nada como un pez para conseguir algo, quizá entrar en un buque hundido en el fondo del mar o, dos, que alguien nada a la manera de los pescados para obtener un objetivo. En las conversaciones verbales, gran parte de ese contexto viene dado por el lenguaje no verbal y, para percibirlo, debemos estar profundamente implicados en el intercambio de información.

Cada persona emite su mensaje desde su manera de entender el mundo

Para escuchar hemos de implicarnos en la comunicación con voluntad de comprender. Cada persona emite su mensaje desde su manera de entender el mundo. Quienes recibimos esos mensajes los interpretamos desde nuestro conocimiento y según nuestra forma personal de ver el mundo, también. Primero el emisor intenta expresar lo que tiene en mente, con más o menos precisión y exactitud. Ahí su capacidad de reflejar sus ideas con palabras le llevará a ser más o menos fiel a lo imaginado. Recibimos su mensaje, no siempre completo, y procedemos a interpretarlo según nuestra propia capacidad. Puede que desconozcamos alguna de las palabras que la persona elija, o tal vez utilice alguna referencia con la que no estemos tan familiarizados, lo que nos llevará a errores de comprensión. También puede ocurrir que nuestra interpretación de su mensaje sobre la base de nuestras experiencias y conocimiento nos lleve a conclusiones muy diferentes a la intención original. Así, aquello que la persona pensó decir, convertido en lo que de verdad dijo, que nosotros recibimos y después interpretamos para darle un significado es como la transmisión de ese famoso juego infantil en el que las frases quedan irreconocibles al pasar por una cadena de personas. Sumémosle a esta realidad que no siempre estamos escuchando al cien por cien de nuestra capacidad y veremos que ¡casi resulta milagroso que nos podamos comunicar!

Cuando la escucha es activa, nos sumergimos en el acto comunicativo profundamente

En mi libro sobre comunicación humana, Sóforas y Jacarandas, Hablando Claro, de editorial Sindéresis, explico algunas de las características básicas de una buena comunicación, siendo la escucha activa una de las fundamentales. Escuchar de forma activa significa implicarse en el proceso con los cinco sentidos, con la atención puesta en la recepción de la información y con la mente volcada en comprender lo que se nos está ofreciendo. Cuando tan solo oímos, nuestro cerebro recibe sonidos: cuando escuchamos, percibimos esos sonidos junto con algunos datos adicionales pero cuando la escucha es activa, nos sumergimos en el acto comunicativo profundamente. Así, desconectamos de todo aquello que no forma parte del mensaje que nos están brindando y mantenemos la conversación viva demostrando nuestro interés con gestos y preguntas, intercambiando mensajes con nuestro interlocutor.

En un acto de escucha activa, solo existe ese momento con esos contenidos. Escuchar es un arte que conecta el alma de las personas en un profundo bucle de conexión. El resto del mundo deja de existir y solo estamos los interlocutores, el mensaje y la información. La comprensión que se produce entonces es superior porque estamos percibiendo el mensaje no solo con los oídos, sino con la vista y el tacto, del todo concentrados en él. Cada dato contribuye a aportar su granito de información y, al estar activamente presentes en esa conversación, perdemos muchos menos, recibiendo mensajes más completos y fáciles de interpretar según la intención original del emisor.

Debemos querer entender lo que nos dicen y sentir curiosidad por lo que nos van a compartir

¿Cómo podemos llevar a cabo actos de escucha activa? Lo más importante es estar presentes en la conversación, no a medias. Debemos querer entender lo que nos dicen y sentir curiosidad por lo que nos van a compartir. Esa actitud es la que nos lleva subconscientemente a un acto de profunda escucha que también perciben los demás. Además, hace falta compartir nuestro interés con nuestro interlocutor o interlocutores: hemos de demostrar que estamos inmersos en el proceso junto con ellos. Para hacerlo, usaremos estrategias como asentir con la cabeza, pedir aclaraciones de puntos inciertos o parafrasear el mensaje. Todas estas pequeñas herramientas indican que estamos activamente conectados con el intercambio que se está produciendo.

Cuando todas las personas implicadas en un acto de comunicación están escuchando activamente, la transmisión de información es mucho mayor y se produce una conexión entre ellas que facilita la comprensión e interpretación de lo que se está compartiendo. La próxima vez que mantengas una conversación, haz el esfuerzo por escuchar activamente y sentirás y vivirás la diferencia.

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