¿Por qué esperamos que nuestra salud mental mejore si no hacemos lo que es bueno para nosotros?

Hoy es el Día mundial de la salud mental y por ello me gustaría abordar un tema difícil. Al igual que ocurre con nuestra salud física, nadie podrá sanar nuestra salud mental a no ser que queramos ser sanados y hagamos el esfuerzo que eso requiere. Cuando los médicos intentan restaurar nuestra salud y no hacemos caso de sus recomendaciones, actuando de una manera que nos daña no sanamos, ¿verdad? Entonces, ¿por qué esperamos que nuestra salud mental mejore si no hacemos lo que es bueno para nosotros?

A veces la gente cree que su salud, mental o física, es responsabilidad de los profesionales. Esperan que los médicos y otros expertos les sanen si que ellos hagan el esfuerzo de cambiar de hábitos y comportamientos y sin interrumpir sus costumbres negativas o dañinas. Creen que el profesional es quien debería obrar el milagro. Ese es el motivo de mi escrito de hoy. Ese tipo de expectativa es como intentar llenar una bañera que tiene un gran agujero en el fondo; se vierta la cantidad de agua que se vierta en su interior seguirá vacía si el líquido se sale por el agujero. Debemos añadir agua, sí, pero también bloquear su salida.

Tengo muchos clientes que vienen a mí porque sufren debido a diferentes situaciones que se pueden asociar a distintos aspectos de salud mental. En casos de enfermedad o trastorno, les acompaño apoyando las recomendaciones de sus médicos; cuando el problema es más del tipo no sé cómo manejar una determinada situación en mi vida, trabajo con ellos para asegurarme de que tengan un camino claro que seguir y las herramientas y técnicas necesarias para emprenderlo. En ambos solo tendremos éxito si el cliente está dispuesto a confrontar su situación y cuestionarla. Nada cambia cuando permanecemos en el mismo lugar haciendo las mismas cosas.

Algunas personas no pueden hacerse cargo de su propia salud solas. Necesitan la supervisión y el control de un profesional. Parte de ese apoyo podría requerir ayudarles a ayudarse a sí mismos, incluso en ocasiones empujándoles un poco aunque se opongan. Es cierto que hay casos así, pero no es de ellos de los que quiero escribir hoy.

Cuando un cliente no quiere ser ayudado, poco puede nadie hacer por él.

Hay otro tipo de cliente que a veces nos encontramos. Viene a vernos porque no se siente bien y quiere mejorar su vida. A algunos les animan a que nos consulten sus familiares o amigos y por eso nos visitan. Asisten a las sesiones y escuchan lo que se les dice pero luego no hacen nada más. No usan las herramientas que se les enseñan y encuentran excusa tras excusa para no hacer lo que acuerdan con los profesionales. Aún así, se siguen quejando de lo dura que es su vida. Este es el tipo de caso que quiero comentar hoy: las personas que expresan incomodidad e infelicidad pero no hacen nada por cambiar su situación; clientes que se quejan y lloran pero de forma repetida se niegan a hacer lo que se les sugiere. Esas personas suelen estar firmemente sentadas en la silla de la víctima o disfrutando de alguna manera de la atención y el apoyo que reciben, y negándose por ello a cambiar un ápice su realidad. Por muy duro que pueda sonar, hay quienes prefieren sufrir (en ocasiones mucho) a dejar de recibir el cuidado y la ayuda que reciben por sus circunstancias. En algunos casos, esa incapacidad para actuar y dejar de usar el apoyo que se les ofrece puede ser subconsciente. No es que ELIJAN de forma voluntaria actuar de esa manera. Podría existir un sinfín de razones para un comportamiento como ese como un miedo extremo, bloqueos, firmes creencias u otras. La verdad, no obstante, es que sea cual sea la razón, cuando un cliente no quiere ser ayudado, poco puede nadie hacer por él.

Hoy me quiero dirigir a quienes llevan ya un tiempo sufriendo, años incluso. Si todavía no has aprendido a manejar tu situación, tal vez seas de aquellos que necesitan ayuda impuesta o de los que por algún motivo permanecen en el asiento de la víctima. Me gustaría invitarte a que te lo plantearas y te respondieras algunas preguntas.

  1. ¿Solicitas realmente ayuda? Si lo haces, pasa a la siguiente pregunta; si no, pregúntate por qué. ¿Qué te impide hacerlo? ¿Es miedo? ¿Estás bloqueado de alguna manera? La mayoría de la gente no se dará cuenta de que necesitas ayuda a no ser que se lo hagas saber. Tal vez creas que deberían intuirlo pero déjame que te confiese que la mayoría esperamos demasiado de los demás en ese sentido ya que por lo general no se nos da demasiado bien descifrar mensajes velados. Sé consciente de que estás eligiendo no pedir esa ayuda (por el motivo que sea) y que esa elección tiene un impacto en tu realidad. ¿Es mayor el miedo que el dolor? Si es así, ¿actuarías si no tuvieras miedo? Piénsalo.
  2. En caso de que sí pidas ayuda, ¿haces entonces el trabajo que requiere? ¿Sigues las recomendaciones de tu profesional y haces lo que acordáis entre sesiones? No te pregunto cuáles son tus motivos, de seguro tienes muchos. Lo único que quiero que te plantees es con cuánta frecuencia pides ayuda y luego no haces nada más. Si encuentras un patrón de comportamiento habitual, si lo haces de forma más o menos regular, plantéate el tercer conjunto de preguntas,
  3. ¿Qué gano estando en una situación de dolor? ¿Qué no hago, por ejemplo, escudado en mi dolor? ¿Cómo me protege mi dolor de otras cosas o qué me ayuda a obtener que creo que no obtendría si no tuviera dolor? ¿Te has convertido de alguna manera en víctima de tu propio dolor? Todas estas preguntas deberían ayudarte a cuestionar tu dolor y tu salud mental. ¿Dónde estás y dónde podrías estar si de verdad actuaras en tu propio cuidado y defensa?

¿Acaso estás recibiendo una recompensa mayor por quedarte donde estás?

Vivir un drama y tener una razón que justifique nuestro miedo nos puede llevar a perpetuar nuestras circunstancias. Me gustaría que consideraras esta posibilidad y te preguntaras por qué estás donde estás. ¿No hay de verdad manera de cambiar tu situación o es que acaso estás recibiendo una recompensa mayor por quedarte donde estás?

La salud es fundamental para nuestro bienestar. Aunque otros nos puedan ayudar a sanar guiándonos en el proceso u ofreciéndonos medicamentos o herramientas y estrategias, nosotros somos quienes debemos controlarla y encargarnos de ella. Somos tan responsables de nuestra salud mental como de la física; hemos de cuidar de nuestras necesidades básicas físicas pero también de las intelectuales, las mentales y las espirituales. Cuando nos ataque la enfermedad, hemos de buscar un cuidado adecuado, sea el que sea. Después de todo, somos los primeros en la línea de atención a nosotros mismos.

¡Toma las riendas!

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